jueves, 25 de octubre de 2007

Realidad y ficción (capítulo extraliterario de la vida de Álvaro von Peregna)


Mucho he tardado en volver sobre mí mismo. Y, anonadado, me he encontrado con alguna sorpresa por el camino. Alguna ha procedido de algunos que decían ser amigos míos: he descubierto, no sin cierto desasosiego, que pensaban que me estaba inventando una historia sin sentido. Pero no es así.

La aparición misma de Álvaro von Peregna en un comentario a mi entrada la atribuían a una boutade de algún gracioso internauta. Pero -repito- no es así.

Álvaro von Peregna existe de verdad. Y el Álvaro von Peregna que hizo el comentario en el cuaderno de bitácora es el genuino y único Álvaro von Peregna. Ahora vive en España -y daremos las razones de ellos cuando lleguemos al fin de la historia--, aunque hay algunos cambios en su vida motivados por circunstancias diversas: ha castellanizado su apellido y sólo mantiene alguno de los contactos familiares y vitales que tenían en su país natal, que ahora considera de adopción.

No me produce indignación el que algún internauta descreído, desconocedor de los avatares de este insólito personaje que ocupa el protagonismo de la historia, piense que ha sido fruto de mi imaginación. Pero mis amigos saben que nunca miento. Y deberían de haberme creído.

Para el que no haya visitado nunca la apacible isla de Borkum, le recomiendo vivamente que disfrute de la bienvenida sonora que le brindará la página web, con el apacible sonido del mar y las gaviotas. La foto que abre esta entrada dará cuenta de su extrema belleza.



domingo, 30 de septiembre de 2007

La desafortunada fortuna de Alvaro von Peregna

El día que la vida de Alvaro von Peregna fue obsequiada con un colosal premio de lotería constituyó uno de los momentos más desasogados de su existencia.

Alvaro von Peregna constituye, por sí mismo, uno de los más sólidos pilares de la sociedad del distrito bajo sajón de Osnabrück, en la localidad de Merzen, donde la familia Von Peregna detenta un poder que va más allá de su dinastía para erigirse en todo un referente para su población. Tras unos momentos difíciles, cuando el castillo familiar tuvo que ser parcialmente reconstruido tras los ataques de las fuerzas aliadas, el imperio familiar retomó el brillo que había tenido su origen en el comercio en la Edad Media con la "Liga Hanseática". El nombre de la dinastía está envuelto en el misterio: los expertos en genealogías están divididos entre la raigambre rumana, de difícil explicación histórica y la más plausible estirpe italiana, fruto de la huida de un eximio miembro de una familia acaudalada por un crimen pasional a través de los Alpes. Sea como fuere, lo que sí es segura es la procedencia española del nombre de pila de nuestro personaje: su abuelo materno era un experto conocedor de la literatura romántica. La mala suerte hizo que cayese en sus manos Don Álvaro o la fuerza del sino del cordobés Ángel de Saavedra Fajardo, más conocido como el Duque de Rivas. El anciano recitaba a voz en grito pasajes de la obrita con una interpretación un tanto desequilibrada debida a su nula capacidad para dar una voz creíble a los personajes femeninos. Oír los diálogos de doña Leonor con el protagonista masculino con un tono propio de un bajo convertía la obra, ya de por sí un dislate, en una especie de vodevil de travestidos. Pero esa, quizá, sea otra historia. El caso es que el abuelo contagió su devoción por el personaje a su hija, que abogó por el nombre de Álvaro, frente a la opinión de su marido, que quería seguir la dinastía de los Wilhem von Peregna.

Se encontraba nuestro personaje de viaje de placer en la isla frisia de Borkum cuando uno de los empleados del Hotel le entregó un sobre que una joven señorita había dejado a su nombre. Dentro de ese sobre había un papelito en el que, con trazo firme y decidido aparecía la palabra Suerte. A ese papel se adjuntaba una sarta de papeles a los que Von Peregna otorgaba un significado difuso, dado que no compartía la pasión de su abuelo por los clásicos de la literatura francesa, italiana o española. A su vuelta, consultó a su amigo Jan Paeternus, filólogo clásico versado también en lenguas extrañas. Su estancia reiterada (y para nuestro personaje totalmente incomprensible) en campings de la Costa Brava española le hacían conocedor de las costumbres de este país. Era un seguidor compulsivo de las fiestas de animación del terreno campista, que él mismo se encargaba de finalizar con un "¡Viva Espagggnnna, viva tu padrrrrre!", dicho lo cual todos sus compatriotas se retiraban, tristes, a lavarse los dientes.

El tal Jan Paeternus comunicó a nuestro ya conocido Alvaro von Peregna que se trataba de participaciones de lotería españolas para el sorteo del Gordo de Navidad. La primera impresión de Von Peregna fue la del rechazo asqueado, que procedía de la interpretación de que podría ganar una persona con sobrepeso, defecto que él denostaba por encima de todos. Era un tipo delgadito, tirando a moreno para lo acostumbrado en aquellas latitudes, de andares pausados y voz plácida.

La obsesión de Von Peregna, a partir de entonces, fue la de encargar una suscripción mensual a un periódico español a lo largo del mes de diciembre (los sucesos que narramos tuvieron lugar en el año de Gracia de 2004. No sabemos por qué era de Gracia, pero quizá es una afirmación que, en un futuro no muy lejano, nos lleve a emprender otra narración). No era Herr Alvaro una persona amistosa con las nuevas tecnologías. Otro conocido suyo le creó una cuenta de correo, con un nombre relacionado con una obra de Valéry. Él, ilusionado, distribuyó cientos de tarjetas de visitas con esa dirección, que no llegó a abrir jamás. Las declaraciones de amor, los negocios perdidos y las amistades rotas que esa ruptura con la tecnología derivó tampoco pueden tener cabida en la presente historia. Su amigo le indicó que el día de marras el periódico tendría un anexo con las numeraciones premiadas. A su localidad le llegaba el periódico extranjero con cinco días de rechazo. El día que llegó el periódico esperado se encontraba con su amigo Paeternus tomando un delicioso licor destilado en una localidad de los alrededores. Un número inundaba la portada del diario y, como el lector puede ya sospechar, era el número que una desconocida había regalado misteriosamente a nuestro personaje.

Una mezcla de incredulidad y estupor se instaló en la mente de Von Peregna. Él sólo creía en la suerte de su hacienda y de su familia, forjada por los siglos y no por el espantoso bombo que aparecía en la foto, con unos niños sonrientes que portaban unas bolas diminutas en sus manos. No obstante, y en contra del consejo de sus abogados, que afirmaban que podía realizar todos los trámites desde Alemania, decidió trasladarse a España para efectuar las gestiones del cobro de una nada desdeñable cantidad de euros.

Acompañado por su inseparable amigo, y optando por un interminable trayecto en coche, se presentaron en territorio español ya entrada la noche del día siete de enero. Su amigo insistió en detenerse en un bar de carretera para tomar un tentempié cuando la vida de Alvaro von Peregna cobró un sentido distinto y desgraciado por culpa de un pincho de tortilla. Pero esa es la continuación de esta historia, y me temo que los ansiosos lectores tendrán que optar por la paciencia.

jueves, 6 de septiembre de 2007

A solas, sin testigo

No será difícil que muchos lectores de esta entrada vean tras el título la pluma de Fray Luis. En efecto, es uno de los versos de su "Oda a la vida retirada". Es un verso que me ha gustado siempre, aunque pase desapercibido entre la calidad expresiva del poema del de Belmonte. Me ha gustado y me he sentido identificado con él infinidad de veces: esa soledad buscada del lugar ameno, apartado y recóndito del que refugiarse del estrépito del mundo. Ayer, sin embargo, martilleó mi memoria en una solitaria noche de martes. Adornaban mi mesa de televisión unos triangulitos de queso de oveja, una pieza de fruta algo más que madura y un yogur aderezado con un par de cucharaditas de azúcar. El lujo supremo tomaba el nombre del Rioja crianza del 2001, que tampoco era para tirar cohetes. Cenar uno frente a la pantalla del televisor es la postura más reveladora de la soledad en el mundo. A solas, sin testigo. O frente a un testigo, la tele, a la que escuchas pero no te oye. El aparato que niega el intercambio comunicativo. Necesitaba un artilugio que rellenara con ruido el silencio para enmascarar el vacío. Me negaba a que el mutismo de la casa rebotara en la casa sin cortinas, con muebles viejos y ajados. No quería que el frigorífico, el silencio del siglo XX, repiqueteara con sus espasmos repentinos. Apagada la televisión, llegó la aparente calma. Unos instantes de lectura para motivar y deleitar el gusto, pero, sobre todo, avanzadilla del letargo. Pero una lámpara sobre la mesilla de una cama rota, sobre el suelo, provoca un mar de sombras. Y luego, tras el clic del interruptor, el abismo. Una noche sin pesadillas pero sin sueño, el agitar del viento los árboles y las luces adivinadas por los resquicios de las ventanas. A solas, sin testigo, he visto comenzar un nuevo día.

viernes, 31 de agosto de 2007

Belleza 7.9

Esta iba a ser una entrada sensible, sin duda, llena de contenido poético. Una experiencia pseudodadaísta, pero sin llegar al extremo de apuñalar el monitor de la computadora. Como el guitarrista heavy que, poco heavy, se lamenta llorando por haber estampado su única guitarra con el altavoz en un idilio emulador de sus ídolos. Yo no soy seguidor de Tzara, pero decidí escribir el otro día sobre la Belleza, así, con mayúsculas. Y apunté en el papel que tenía más a mano dos números que buscaría en Google: el primero en la búsqueda normal de páginas y sitios web; el segundo, en la búsqueda de imágenes. Realicé la experiencia, pero mis resultados no fueron los esperados. He vuelto a repetir y ved lo que me he encontrado: no es que esperase encontrar algo maravilloso. Quizá, incluso, pudiese acceder a la sicalipsis, que es una palabra bella en forma y contenido. Pero no: enfemenino.com con un contenido gráfico y textual muy apartado de la Estética en el sentido que yo buscaba. Buceando ya en el antes y el después, imposible encontrase con lo Bello. La búsqueda de imágenes no me deparó tampoco ninguna satisfacción, por más que aparezca una belleza presunta (o presuntuosa, no sé) en algo que mi abuelo llamaría, entre escandalizado y encandilado "paños menores" y nosotros nos limitamos a llamar, acostumbrados, bikini.

Pensé después que, desaparecida la Estética filosófica del mundo, o del mundo cibernético, que parece ser ya una fiel representación del primero, como aquello del haz y el envés de la hoja (otra palabra bella, envés), lo mejor era mandar esta entrada al carajo. Pero me había prometido escribir hoy quince minutos y he decidido perseverar. No miraré la referencia número siete, sino la página de referencias con este numerito de la suerte. Mi primera entrada ilumina la esperanza: Belleza en frío. Me gusta. Como una Sinfonía número tal-tal en la mayor. Título sugerente, sí señor, a no ser que esconda productos para crioterapia y termoterapia, palabras muy feas. Y la animación Flash, para echarse a temblar. La segunda, Una belleza nueva. Abro la página, pero no la entiendo y no me gusta. Soy un clásico y no me gustan las nuevas bellezas. Bueno, sí. Keira Knightley, la de Quiero ser como Beckham y Piratas del Caribe (1, 2 y 3). Pero ahora ya estoy en el bucle de la contradicción: quería indagar sobre la Belleza y, al final, hablo de chicas guapas. Muy típico. Y, después, otra entrada prometedora pero que asusta: un PDF titulado, ni más ni menos, La Ciencia como búsqueda de la Belleza, de Antonio Ruiz de Elvira, del Departamento de Física de la Universidad de Alcalá. Ahí va eso: ahora me veo en el trance de tener que leerlo, porque parece que todo esto iba en serio. Trata de conciliar la dicotomía ciencias-letras. No lo leo entero: empieza a poner a parir a Hegel nada más empezar y eso no se lo consiento. Así de arbitrario, pero es que creo que no entiende del todo al alemán, que es mucho filósofo. Para mí, desde luego, pero creo que todo el mundo.

Estoy escribiendo estas líneas un par de días después de haber iniciado el asunto. Pero las entradas van y vienen, y ya casi nada está en su sitio. Haced la prueba. Yo, lo juro, no lo vuelvo a intentar. Si quiero llegar a la Belleza en Internet, iré a lo seguro y buscaré cuadros de uno de mis pintores favoritos, Piet Mondrian, del cual, en otra ocasión, contaré una bonita historia. O dos, pero no pequeñas.


viernes, 24 de agosto de 2007

Si sobrevives, significa que has ganado...


Estoy leyendo el libro Profundidades de Henning Mankell (Tusquets: colección Andanzas, 631). Me he encontrado en la página 131 una cita digna de recordarse:

"Después de la batalla, sólo caben dos posibilidades: uno sale con vida o ha muerto. Si acabas muerto, la sed de sangre segregada fue en vano. si sobrevives, te invade un cansancio indecible. Que ganes o pierdas no reviste la menor importancia. O, para ser más exactos, si sobrevives significa que has ganado, aunque estés en el bando de los derrotados".

Sería cuestión de pensarlo, o de discutirlo. No sé. En todo caso, me ha recordado la canción de Maná "Soy combatiente". A algunos les parecerá un sacrilegio la comparación, pero les aconsejo que escuchen detenidamente alguna de las canciones del grupo. Yo era de los detractores y ahora me desplacé a León para verlos en directo. Bueno, cada uno es libre de opinar lo que quiera. O no: como dijo en una ocasión Gustavo Bueno, "no todas las opiniones son respetables". La mía quizá no lo sea. O no más que otras.

Os transcribo unos versitos de la canción procedentes de algún sitio de Internet que he perdido (esa es otra: no ponen ni un signo de puntuación...):

Soy combatiente
Nadie me va a parar
Sobreviviente yo.
Lo que no me mató
Me fortaleció


jueves, 23 de agosto de 2007

Déjeuner du matin, de Jacques Prévert


Hablando de Prévert y Paroles, disfrutemos con el que es, para mi gusto, uno de los poemas más bellos del libro.


Déjeuner du matin

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec le petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s'est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis son manteau de pluie
Parce qu'il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j'ai pris
Ma tête dans ma main
Et j'ai pleuré.

Jacques Prévert
(Paroles)

miércoles, 22 de agosto de 2007

La chica del Pompidou



Aunque tenía intención de iniciar los contenidos de Verba volant con elementos más actuales, la casualidad ha propiciado que recuerde una bonita historia que a mí me gusta evocar como "La chica del Pompidou". No es ficción. Quiero decir que pasó de verdad. O que, más o menos, pasó así. La memoria, elemento que inventa tanto como recupera, probablemente haya rellenado huecos vacíos haciendo de las suyas.

Sin ponerme a contar los años uno a uno, diremos que hace unos trece acudí unos meses en verano a París para realizar parte de mi tesis doctoral aprovechando una beca de una entidad de ahorro. Ahora se estila mucho eso de las estancias en centros extranjeros, pero yo fui por mi cuenta, salvedad hecha de unas conversaciones con el gran Marc Fumarolli y pocas cosas más. Me instalé en un apartamento que no tenía ni siquiera un frigorífico, con un baño poco más grande que una cabina telefónica en una de las localidades periféricas de París, a una media hora en metro. Quizá otro día cuente más avatares. Pero hoy toca, sólo, hablar del Pompidou.

Necesitaba para mis investigaciones recolectar mucho material sobre retórica, religión y oralidad en la Edad Media y la biblioteca del Centre Pompidou, por horarios, accesibilidad y material cumplía perfectamente mis expectativas. Allí hacía mis fichas, consultaba libros y trabajaba como un burro de diez a diez todos los días, a excepción de los martes, día de cierre. Otro día contaré más cosas. De dentro y de fuera. Hoy sólo hablaré de la chica del Pompidou.


Cuando necesitaba descansar un poquitín mi cabeza de tanto libraco teórico, hacia esporádicas visitas a los estantes de poesía. Me relajaba leyendo versos de poetas que conocía poco, de oídas y sin haber leído obras completas suyas. Hoy los nuevos medios de información y comunicación lo ponen todo más fácil, pero por aquel entonces yo sólo había leído un par de poemas de Jacques Prévert en el libro de texto de francés. Pasados unos días, cogí el libro Paroles, que admiraba por su sencillez y profundidad. Y allí me encontré con la chica del Pompidou. Ya se sabe que es frecuente que otros lectores, en un alarde de mala educación, hagan anotaciones y subrayen los libros que no son suyos. Este libro era uno de esos. Iba leyendo y me encontraba, al principio, totalmente indignado por la invasión de mi intimidad lectora motivada por un lapicero (¡menos mal!) ajeno. Leía y leía intentando sobreponeme al intruso que cercenaba mi interpretación. Pero no lo conseguía. Empezaba un poema e iba, ya directamente, a ver esas palabras, esos versos subrayados. Pero, a diferencia de lo que suele ocurrir, las líneas de grafito marcaban lo más importante, lo más hondo, lo más excelso. Y coincidían punto por punto, cosa rara, con mis extraños gustos. Si yo me hubiese visto obligado a este acto obsceno, hubiese suscrito (nunca mejor dicho) cada palabra subrayada. Era esa una sensibilidad lectora paralela y concomitante con la mía. Equidistante y atinada. Apasionada y apasionante. No sé por qué, enseguida imaginé que detrás de esas marcas se escondía una mujer con personalidad y criterio. No tenía ningún sentido: lo mismo hubiese podido ser un hombre, pero a mí me gustaba pensar en una mujer acurrucada en el deleite de los versos. Los poemas que restaban del libro fueron ya una co-lectura a distancia: sabía perfectamente que lo señalado sería lo bello y profundo, e iba directa y ansiosamiente hacia ello. La lectura a empezó a quedar traspasada como mero acto para consolidarse en un acto imaginativo sobre el tipo de persona de persona escondida tras las líneas marcadas: mujer guapa, intelectual y abocada a los desórdenes angélicos. Me enzarcé en la búsqueda de otros libros con idénticas marcas y encontré algunos. Un día, encontré un libro muy salido en una estantería. Tenía los subrayados de la mujer del Pompidou. Pero, a diferencia de los demás, albergaba una fecha (justo el día que marcaba el calendario) y una hora. La misma en la que yo escogí, obligado, ese libro. Nunca conocí a la mujer. Nunca supe cómo sabría a qué hora tomaría el libro. Pero estoy seguro de una cosa: la mujer-lectora del Pompidou era inmensamente bella.